Pero bueno, después de esta "breve" introducción y justificación de mi ausencia durante este tiempo, y medio compromiso (no me gusta comprometerme con estas cosas, que luego si no lo hago me siento mal) de ir poniéndoos al día por aquí, hablando de cosmopolitismo como estaba en el párrafo anterior, aprovecho para compartir con mis lectores esta peculiar "carta de amor" que escribí recientemente, con motivo del día de los enamorados... (al fin y al cabo, es un blog sobre sentimientos, ¿no?). Feliz día de San Valentín a todos, sobre todo a los que estáis solteros y fabulosos como yo, os recomiendo daros un capricho porque vosotros y vosotras lo valéis. Espero que os guste:
Hace ya unos cuantos años que nos separamos y aún no te he superado. No mentiría si dijera que me sigo acordando de ti casi a diario. Desde hace mucho tiempo vengo siempre diciendo que no soy una persona celosa y, no obstante, cada vez que alguien me cuenta que va a verte, o me mencionan algo sobre ti, tengo que reconocer que se me ponen los dientes un poquito largos. Y suelo fulminar con la mirada (más o menos inconscientemente, es de esas cosas que no puedo evitar) a los que dicen que no eres para tanto. Eso es que no saben apreciarte, y no lo digo para consolarte ni por hacerte la pelota…
Te reirás, pero tengo que confesar que, antes de conocerte, cuando sólo había oído hablar de ti, no me parecías nada del otro mundo. Me habían metido en la cabeza que la gente con la que te juntabas no era nada recomendable, así que trataba de convencerme a mí misma de que nunca me enamoraría de ti, que yo no caería. ¿Quién me lo iba a decir, verdad? Y aquí me tienes, escribiéndote esta inusual confesión. Claro que por aquella época me dejaba influir mucho por lo que me decía la gente de mi entorno. Pero tú me enseñaste a ser más abierta de mente, a no dejarme llevar por prejuicios, a no hacer lo que se supone que hay que hacer simplemente porque se suponga que debe hacerse. Contigo emprendí un camino de sólo ida…
Y me pregunto qué es eso tan maravilloso que tienes, qué es lo que haces para que la gente se quede tan colgada de ti… Porque, aunque me cueste, tengo que ser honesta conmigo misma (al igual que estoy tratando de serlo contigo en estos párrafos) y admitir que durante un tiempo lo pasé muy mal mientras estuvimos juntas. Pasé mucho tiempo sola, sola con mis pensamientos, sola con mis parásitos. Mucho tiempo durante el cual le di vueltas y más vueltas a mi vida. Pero, ¿sabes? Creo que precisamente por eso lo recuerdo con tanto cariño, porque fui capaz de darle la vuelta al asunto y verlo con otros ojos, y todo eso yo sola. Tú hiciste todo lo que pudiste para ayudarme, pero al final siempre es una misma la que tiene que salir del hoyo.
Digo a menudo que fuiste mi musa y, sin embargo, mientras estuve contigo nunca hice nada considerado creativo, más que un par de inicios frustrados de relatos con ciertos tintes poéticos, dejándome llevar por la sobredosis de emociones del momento, que tal vez algún día retome. O seguramente no, pero da igual. Ya sabes que la inconstancia siempre fue uno de mis mayores defectos… A lo que sí que me inspiraste fue a hacer cosas, muchas cosas que nunca había hecho antes, me instabas a descubrir facetas de mí misma en las que siempre me había dado pereza indagar. No sé por qué, pero el caso es que el mero hecho de saber que estaba contigo me llenaba de energía, y lo sigue haciendo cada vez que te vuelvo a ver.
Y hablando de volverte a ver, ¿cómo puede ser que la primera vez que nos reencontramos en persona después de dejarte, estuviera tan nerviosa por saber qué sentiría al pasear de nuevo por esas calles que una vez consideré mías, pero que ya nunca más lo serían? Me acuerdo perfectamente de aquel viaje, como si fuera ayer. Fue una sensación muy extraña. Volvía a estar allí contigo, todo era tan familiar y a la vez tan lejano. Sabía que no me pertenecías, que lo nuestro ya se había acabado, y que quizás era mejor dejarlo en la distancia. Que era una etapa que ya estaba cerrada. Que no tenía sentido retomarla.
También quería decirte que fue bonito compartirte con mis amigos. Aunque no hiciéramos nada del otro mundo, simplemente estando allí, pasando el rato, escuchando algo de música, viendo una peli... Me gustaba contarles cosas sobre ti, sobre nosotras, cada vez una anécdota diferente. Algunas veces reales y otras veces adornadas con algo de fantasía, que sé que a ti tampoco te importa, que hasta te gusta, que ayude con mis historias a hacerte un poquito más misteriosa, más exótica, más sugerente.
Ay, diva mía, sé que no me eres fiel, que nunca lo fuiste, que sigues cautivando a miles y miles de personas cada día… Que tienes romances con gente que viene de los lugares más recónditos del planeta, y que para ti yo sólo fui una más. Pero yo, tonta de mí, no soy capaz de enamorarme de otra. Por falta de intentos no será, pero ninguna me acaba de inspirar como tú... A lo largo de estos años he recorrido medio mundo, lo he probado todo, pero al final siempre acabo volviendo a pensar en ti. ¿Qué me has hecho? ¿Con qué clase de conjuro me hechizaste, bruja?
Aunque, la verdad, me consuela saber que no soy la única a la que entusiasmas. No debo estar tan loca como a veces me siento, después de todo. Y es que tanto se ha escrito sobre ti, tantas canciones te han dedicado, tantas películas te han retratado, que pienso que no soy nada original escribiéndote esta carta, que cualquier cosa que se me pueda ocurrir ya la habrá dicho alguien. A veces pienso que estoy un poco obsesionada, cuando me parece reconocerte en los anuncios de la tele… Creo que he desarrollado una habilidad especial para saber que eres tú con tan sólo unas décimas de segundo.
Pero es que con tan sólo encontrarme contigo me sentía pletórica, radiante, como tú en aquellas mañanas de sábado de primavera, en las que me concedía el capricho de desayunar un zumo de naranja recién exprimido y un par de tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. Y mientras tanto el sol, que todavía no calentaba en exceso, y que comenzaba a asomar por encima de los tejados me ayudaba a terminar de despertarme, y yo te observaba embelesada. Y todavía hoy, con todo lo que ha llovido desde entonces, pienso en ti cada vez que me preparo uno de esos desayunos. Pero no son lo mismo sin ti…
En esos momentos en los que la nostalgia me devora por dentro, me pongo a ver nuestras fotos. Me las sé de memoria, pero parece ser que tengo una vena masoquista y me gusta recrearme en el dolor de lo que ya pasó y que nunca volverá. Y aunque piense que ya cada uno de tus rincones ha sido retratado millones de veces, siempre encuentro algo nuevo, diferente, único, sorprendente. Porque al fin y al cabo siempre he sido de la opinión que cuando tomamos una foto plasmamos nuestra propia visión de aquello que estamos retratando. ¿Te abrumaría si te dijera que casi siempre tengo una foto tuya como fondo de pantalla? Y a cada cual más bonita. Instantáneas que me arrancan una media sonrisa melancólica (sí, de esas que tanto te gustaban) cada vez que enciendo el ordenador.
Yo creo que hay poca gente que me conozca que no sepa lo que sentí por ti y lo que todavía siento, aunque cada vez te mencione menos porque nuestra historia queda bastante lejana ya. Pero, aún así, si supieran que te estoy escribiendo esta carta, se pensarían que estoy un poco loca. Bueno, pensándolo mejor, viniendo de mí, y sabiendo cómo soy, tampoco creo que se sorprendieran demasiado.
De todos modos, no tengo muy claro por qué estoy haciendo esto, cuando lo más seguro es que nunca llegues a leer estas palabras. Pero te echo de menos, y sé que quiero pasar contigo el resto de mi vida, para qué seguir engañándome. Lo sé, no está bien, todos estos años tratando de pasar página, de hacerme un hueco en algún lugar del mundo. Todos estos años durante los cuales cada vez que volvía a estar contigo tenía la sensación de que te me escapabas, de que no acababas de ser mía. Todos estos años tirados por la borda de un plumazo. Pero mientras escribía esto me he dado cuenta de que mi sitio está contigo…
Me rindo, ya está, ya lo he decidido. Mañana mismo me cojo un tren y me voy para allá, aunque me cueste un ojo de la cara, aunque ahora mismo no tengo dónde caerme muerta. Pero ya apañaremos algo. Y es que las cosmopolitas como nosotras estamos condenadas a entendernos. Porque hay recuerdos que nunca se borran. Porque hay historias que nunca se olvidan. Porque hay sueños de los cuales nunca deberíamos despertar.
Te quiero, Barcelona.

No hay comentarios:
Publicar un comentario